martes, 23 de mayo de 2017

CRONISTAS PROVINCIALES DE GUADALAJARA: MANUEL SERRANO SANZ Y FRANCISCO LAYNA SERRANO

CRONISTAS PROVINCIALES DE GUADALAJARA: MANUEL SERRANO SANZ Y FRANCISCO LAYNA SERRANO


Manuel Serrano Sanz y Francisco Layna Serrano ocuparon los puestos 3º y 4º en el orden de los Cronistas provinciales de Guadalajara, nombrados por su Diputación provincial.

   Don Manuel Serrano Sanz, Catedrático de Historia en la Universidad de Zaragoza, perteneció al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, en el que, en Madrid y su Biblioteca Nacional, comenzó su labor investigadora.

Nació en Ruguilla (Guadalajara), el 1 de junio de 1866 y murió en Madrid, el 6 de noviembre de 1932, dejando escritas y publicadas más de cien obras, principalmente sobre historia de América, siendo reconocido como uno de los primeros escritores americanistas.




A su fallecimiento fue nombrado para sucederle en el cargo de Cronista provincial s sobrino, Francisco Layna Serrano, quien habá nacido en Luzón (Guadalajara), el 27 de junio de 1893.

Desempeñó el carg hasta su fallecimiento, el 8 de mayo de 1871, en Madrid, siendo enterrado al día siguiente en Guadalajara.

Se licenció en Otorrinolaringología en Madrid, donde desempeñó su carrera, dejando para la historia de Guadalajara diez volúmenes en los que se condensa su obra histórico-literaria, además de decenas de estudios y trabajos publicados principalmente en prensa.

Es el historiador más reconocido de la provincia de Guadalajara, a lo largo del siglo XX.

Las vidas y obras de ambos cronistas se trazan en estas obras que hacen memoria, y recuerdo, de sus personas, y su talante histórico y literario.

viernes, 5 de mayo de 2017

JUAN BRAVO, ENTRE ATIENZA Y VILLALAR

JUAN BRAVO
Entre Atienza y Villalar




Tomás Gismera Velasco

El libro, pulsando aquí
¡Qué días más duros, los de Villalar!

  Un cielo gris de plomo se cernía la mañana del 24 de abril de 1521 sobre los campos de Castilla, y los de Valladolid, y los de Villalar, y ensombrecía los de Atienza cuando estaba a punto de cumplirse la venganza de quienes vencen una guerra. Porque la victoria en la guerra, sin venganza, no es victoria. Siempre ha sucedido desde que el hombre es hombre y mundo el mundo, y continuará sucediendo hasta que deje de serlo.

   Olía, todavía, a tierra mojada. Aquel día ni la tierra la agradecía ni los campos la pidieron. En ellos, en el embarrado camino de la gloria y la muerte, quedaron los cañones de los perdedores. ¿Cabía mayor razón para imaginar que Dios Nuestro Señor estaba del lado de…?

   La hora era la del final. El comienzo estuvo muy lejos de allí; de aquellos barros que llegaban en Villalar hasta las rodillas y que no impidieron que en su plaza, a gloria de Dios Señor nuestro, se levantase un patíbulo, con prisas y ejemplar. Para que Castilla, y los castellanos alborotadores, supiesen que en Castilla, desde hacía no mucho, pero en Castilla, gobernaban esas gentes cuyos nombres tan espinoso resultaba repetir puesto que llegaban de allende las fronteras. De tierras que, por estar tan a desmano, nunca se pudo imaginar la gente de Soria, de Berlanga, de Sigüenza o de Atienza, que uno de los suyos fuese a ser aquel 24 de abril, el primero en perder la cabeza.


El Castillo de Atienza. Lugar de Nacimiento de Juan Bravo


   La estampa del impresionante castillo de Atienza. La Torre de los Infantes, lo había visto nacer, si es que, salvada sea la licencia, las piedras y las torres y los horizontes que se pierden más allá de lo que alcanzan nuestros ojos, pueden ver.

   Allí, entre los muros de la fortaleza de Atienza nació Juan Bravo de Mendoza poco después de que su padre llegase acompañando al alcaide del castillo, su hermano Garci. ¡Qué historia, y qué sucesos los de aquellos tiempos en los que se batallaba por un palmo más de tierra para gloria real, y del apellido!

   Los Bravo de Laguna procedían de tierras de Soria, pasaron a Sigüenza y en Sigüenza recibieron la orden de la conquista del castillo de Atienza, que lo hicieron, a escala. Conquistaron el castillo, sin sangre, dice la historia, para la reina Isabel. Su Alteza los nombró a perpetuidad alcaides de la fortaleza en un tiempo en el que la vida y la muerte rodaban sin la pesadez de la rueda de un carretón atascado en el barro…


La rendición de los Comuneros. Manuel Pícolo


   En la Torre de los Infantes del castillo de Atienza, cuando Atienza era parte importante del reino y dominaban sus torres una parte de la vieja Castilla, por Soria; y otra de la nueva castellanía, por Guadalajara. Corría el año de 1484 u 83… Su padre, don Gonzalo, heredó de su hermano, don García, la alcaidía del castillo, que no pudo regir. Don García murió, como héroe, en la rota de Gibraltaro, sus restos, en procesión dolente, llegaron a Atienza mucho tiempo después, para reposar a la eternidad. En 1494: “Aquí yacen los restos del muy alto y noble caballero…” rezaba su lauda sepulcral en el convento de San Francisco; junto a los de su yerno, Diego López de Medrano, y su mujer, y sus hijas…

   Los de su hermano, el nuevo alcaide, tomaron el camino de Berlanga, su origen: “Aquí yacen los restos del muy noble caballero don Gonzalo Bravo de Laguna, alcaide que fue de Atienza, y que murió en Córdoba, en el mes de agosto…”  Reza su lauda en la Colegiata de Berlanga.

   La muerte del padre daba la alcaidía del castillo al heredero, Juan Bravo de Mendoza. Demasiado joven para ostentar un cargo de tamaña responsabilidad. La reina, en pago de servicios, acogió en su corte a toda la familia; a los Medrano, a los Bravo de Laguna; a Juan, a Catalina, a Magdalena, a Gonzalo…

   Y a la viuda de don Gonzalo la volvieron a casar y tomó el camino de Burgos en pos del malnacido García Sarmiento. Sin olvidar que en Atienza dejaban casas, tierras y salinas.


Antonio Gisbert. La ejecución de los Comuneros

   La vida, que es como el río que discurre plácido en tiempo de bonanza, y alborotado cuando los deshielos de las cumbres colman sus cauces, llevó a Juan Bravo a servir a su católica alteza; y a contraer un primer matrimonio con Catalina del Río, y un segundo con María Coronel. Una y otra, de la burguesía segoviana que empapó su sangre con la de las culturas que aquella tierra pisaron, judíos, moros y cristianos. Cuando de Gante llegó un nuevo rey que impuso sus leyes, y a sus hombres. Y aquellos segundones de casas nobles quedaban relegados al olvido y fundaron la “confederación de caballeros comuneros”, que los llevó a pedir a la reina cautiva, Juana I de Castilla que, por Castilla, que por ellos también, tomase las riendas del reino. Y la reina Juana, a quien el mundo consideró loca, respetando la voluntad del hijo se negó a  tomarlas.

   Se alzaron las ciudades al grito de los comuneros: ¡Por Santiago!, y de sus tres capitanes más señalados, Padilla, Maldonado y nuestro don Juan Bravo de Mendoza, y llegaron a Villalar el 23 de abril que, sin pretenderlo, se convirtió en historia. En medio de la lluvia. La batalla contada tantas veces.

Iglesia de San Félix de Muñoveros (Segovia), donde se cree se encuentran los restos de Juan Bravo


   A la mañana siguiente, delante de la nobleza y el pueblo, para ejemplo de propios y extraños, los tres capitanes perdedores fueron decapitados. Sus cuerpos sepultados; sus cabezas expuestas en la picota; como si fuesen ladrones al uso…

   Y continúa aquella historia que abría nuestro relato:

   El recuerdo último de lo ocurrido se me va al momento en que Gonzalo tocó a las puertas y me quiero imaginar que en la casa todos entendieron que algo grave pasó. Traía los ojos encendidos, la frente sudorosa a pesar de que no apretase la calor; pegado el polvo a las barbas. El jubón con sangre seca y el caballo rendido por el cansancio de una o dos jornadas de galope sin apenas tenerse. Mi señora, con la cara sombría de quien aguarda noticias que se resisten. Gonzalo, hincado de rodillas.

   -Todo es perdido señora…

   En aquél todo es perdido, se tenía que entender que perdido era el movimiento que llevó al alzamiento en busca de no perder unos derechos que trataban de arrancar quienes de fuera llegaban a imponer leyes y costumbres a los castellanos viejos como vos lo erais, desde la primera hasta la última gota de sangre. Pero había más en aquella expresión de dolor, tras ella se encontraba la muerte.

   -Mi señor don Juan, señora…

   Con el alma en un suspiró lo miró, temiendo escuchar lo que vendría. Vuestro hermano, Gonzalo, el licenciado Bravo, gacha la cabeza, asintiendo a la evidencia que dicta el corazón.

   Prisa se dieron en degollaros. Confirmándonos que los vencedores cuando vencen no buscan justicia, sino venganza; cuando quienes os alzasteis contra la injusticia no buscabais la gracia del invasor, sino el respeto a los derechos y fueros. Parece que me suenan las palabras que dejasteis al marchar, tratando de dar cuenta de lo que os hacía organizar la confederación de caballeros:

   -… promover y conservar la libertad y sostener con todas las fuerzas los derechos del pueblo contra los desafueros, y socorrer a los hombres menesterosos…

   Nunca admití, mientras corríamos Castilla, que nos llamasen traidores. Porque vuestros apellidos los míos son, los Bravo, los Laguna, los Medrano, los Velasco, los Mendoza o Monteagudo, los que fueron antes que nos, defendiendo la causa castellana desde más allá de Soria y sus doce linajes de los que siempre fuimos. Gonzalo contó vuestra valentía. Ese mirar al verdugo de frente. 

Villalar. Obelisco en memoria de los Comuneros


   Me suena todavía la sentencia: y en pena los condenaban e condenaron a pena de muerte natural e a la confiscación de sus bienes y oficios para la cámara de sus majestades, como traidores…  Traidores, cuando fuisteis luchadores. Los bienes para la cámara de su majestad… El obispo de Oviedo se apresuró a pedir su parte, y el Condestable la suya…

   Mi señora movió a Segovia para que allá te nos llevasen, y los segovianos de corazón se movieron a traeros y sacar los huesos del Villalar en el que estaban, junto a Padilla y Maldonado, y te nos trajeron a Segovia. A los hombros por las calles os entraron y todos os seguimos y fue de ver cómo las gentes salieron a las calles, en silencio, tras el cortejo camino de la Santa Cruz en la Fuencisla, hasta que de nuevo el arrogante ganador mandó sacarte de allí a seguir camino a Muñoveros. Allá quedaron tus huesos,  a la puerta de la iglesia, que luego de darte tierra en suelo sacro nos salieron a decir que no correspondía el lugar por no morir cristiano. A vos, que os quitaron la vida por defender a los buenos cristianos de esta tierra. Aquél día, vísperas de muerte, sacudía la lluvia y se atascaba la artillería en el barro, y ese día, el que te dábamos sepultura a las puertas de la iglesia de Muñoveros, la lluvia os despedía y nos cubría cual si los cielos llorasen el desconsuelo de la falta.

   Por algún lugar de esa Segovia que salió a recibiros como a héroe para llevaros a la tumba, y os acompañó a Villalar en pro de la victoria, debió de esconderse aquel Alonso Ruiz que os prendió y llevó al Condestable como botín de guerra reclamando la parte que por teneros le correspondió. Dicen que el Alonso se quedó el sayón de terciopelo negro, y el coselete, y dicen que el verdugo, antes de quitaros la vida, reclamó lo que quedaba, que falta no os iba a hacer al otro mundo. Despojando, como despojaban a Castilla. 

Segovia. Monumento a Juan Bravo ante la iglesia de San Martín


   Hoy, viendo partir al rey emperador camino de enterrarse en vida, vuelvo a sentiros. Ha templado la mañana y, en el recuerdo, queda aquella jornada en la que perdimos la esperanza y ganamos la fuerza por mantenernos en la lucha, aún desbaratada la tropa en el campo de batalla que se tragó, entre el barro, la sangre de quienes batallaron hasta lo último de sus fuerzas. Abonando con su sangre el roble que ve crecer Castilla. El roble de cuyas ramas han de flamear los pendones de quienes batallaron y que, lejos de morir, más vivos son que nunca. Vuestra muerte dio la vida a Castilla.

   Hoy os recuerdo, como tantos otros días en los que noté vuestra ausencia. Preguntándome qué fue de aquella Castilla que se rompió con el final de la batalla; qué fue de aquella Atienza de vuestra nacencia; qué de las tierras de Soria y Guadalajara que os vieron niño... Mi señor…, vuestro pendón, ese pendón que encabezó a los hombres y os guió al Villalar de la muerte, está más vivo que nunca en la memoria. Hoy, vuestros pendones son los de Castilla. Y allá me hubieseis visto cuando el rey que os mandó a la muerte, camino de Yuste para enterrarse en vida, salía de Valladolid camino de Valdestillas y Medina, mostrándole nuestras divisas; las de los Bravo, los Laguna, los Medrano, los Velasco, los Mendoza o Monteagudo. Alguien se fijó en ellas.

Portada del libro: Juan Bravo entre Atienza y Villalar
   -Son las armas del capitán Juan Bravo –escuché.

   -Mi señor fue –le repliqué.

   Y tanto como a las de la Majestad del rey emperador las encumbraron.
  
   Seguro que, cuando a Atienza llegó la noticia de su muerte, alguien derramó, al menos, una lágrima.

Juan Bravo de Mendoza, o de Laguna, nació en Atienza (Guadalajara), hacía 1483, hijo de Gonzalo Bravo de Laguna y de María de Mendoza y Zúñiga.
Se casó en Segovia, por vez primera en 1504 con Catalina del Río, con la que tuvo tres hijos, Gonzalo, Luis y María.
Muerta Catalina contrajo un segundo matrimonio con María Coronel, sobrina de Catalina, en 1519, con quien tuvo dos hijos más, Juan y Andrea.
Fue uno de los principales capitanes de las tropas comuneras alzadas contra Carlos I, por lo que fue condenado a muerte en Villalar (Valladolid) el 24 de abril de 1521, y a perder todos sus bienes.
Su hermano, Gonzalo Bravo de Lagunas, “el Licenciado Bravo”, nacido en Atienza en 1484 u 85, juzgado como “alcalde de las comunidades”, fue igualmente condenado a perder todos sus bienes.

Del Libro: “Juan Bravo. Entre Atienza y Villalar”.

martes, 18 de abril de 2017

JUAN BRAVO. ENTRE ATIENZA Y VILLALAR

 JUAN BRAVO. ENTRE ATIENZA Y VILLALAR
Juan Bravo de Mendoza es una de las figuras principales de la revuelta comunera que movilizó a Castilla entre 1520 y 1521. 

Su muerte, en el cadalso de Villalar, hoy de los Comuneros, como capitán de las gentes de Segovia, le hizo pasar a la posteridad, sin embargo, como escribiese uno de los historiadores segovianos que trató de ensalzar su memoria “La figura de este célebre segoviano es tan saliente en la Historia del alzamiento de las Comunidades, como desconocidos e ignorados los detalles principales de su vida. Sábese de él únicamente que fue de noble alcurnia… “ 

Pero Juan Bravo de Mendoza no había nacido en Segovia, sino en una de las entonces más representativas villas de la Castilla histórica, Atienza, hoy provincia de Guadalajara. 





Juan Bravo de Mendoza, o de Laguna, nació en Atienza (Guadalajara), hacía 1483, hijo de Gonzalo Bravo de Laguna y de María de Mendoza y Zúñiga.

Se casó en Segovia, por vez primera en 1504 con Catalina del Río, con la que tuvo tres hijos, Gonzalo, Luis y María.

Muerta Catalina contrajo un segundo matrimonio con María Coronel, sobrina de Catalina, en 1519, con quien tuvo dos hijos más, Juan y Andrea.

Fue uno de los principales capitanes de las tropas comuneras alzadas contra Carlos I, por lo que fue condenado a muerte en Villalar (Valladolid) el 24 de abril de 1521, y a perder todos sus bienes.

Su hermano, Gonzalo Bravo de Lagunas, “el Licenciado Bravo”, nacido en Atienza en 1484 u 85, juzgado como “alcalde de las comunidades”, fue igualmente condenado a perder todos sus bienes.

Juan Bravo, entre Atienza y Villlar, en "Henares al Día". Gentes de Guadalajara: http://henaresaldia.com/juan-bravo-atienza-villalar/

lunes, 17 de abril de 2017

AQUILINA MARÍA MORTERERO FELIPE




AQUILINA MARÍA MORTERERO FELIPE,
MAESTRA DE ATIENZA


Tomás Gismera Velasco

   No lo tenían fácil las maestras de la Serranía de Atienza en los años finales del siglo XIX y los comienzos del XX para dar educación alas jóvenes de nuestros pueblos; enseñarles las cuatro reglas y, por supuesto, a leer y escribir. Eran tiempos en los que la idea fija de nuestros mayores, por encima de convencionalismos sociales estaba  en que la mujer no tenía mucha necesidad de aprender. La mujer, por encima de todas aquellas cosas que a los hombres les parecían un mundo, estaban destinadas a la casa. Las mujeres tenían muchas cosas que aprender, desde luego, pero no de los libros. Tenían que aprender a coser, a atender al marido, a los hijos y, por supuesto, a guisar.

   Muchas de aquellas maestras que recorrieron los pueblos, no sólo de la Serranía de Atienza, sino de la mayoría de los pueblos de España, tuvieron que enfrentarse a una sociedad que se les ponía en contra. A las autoridades locales y, por qué no decirlo, a los padres de sus alumnas.

   Llevar a las mujeres a la escuela en poblaciones pequeñas fue un logro de muchas de las mujeres con coraje que pisaron nuestros pueblos. En Atienza de los Juglares ya hemos podido leer alguna de las historias que dejaron escritas las maestras de Cantalojas, Romanillos, Bochones, Miedes o Casillas, y si por encima de otras muchas hemos destacado la figura de Isabel Muñoz Caravaca, porque fue quizá quien más alboroto dejó  por esas tierras a costa de sus escritos, no podemos olvidar a algunas otras, entre ellas a doña Aquilina María Morterero Felipe, una de sus sucesoras.



   Doña María, como fue conocida en el mundo docente, llegó a Atienza para ocuparse de la escuela de niñas en 1910. De una escuela que a lo largo de los tres años que permaneció en Atienza, de donde salió en 1913, estuvo errante de local en local ya que la de niñas, a la que venía destinada, acababa de hundirse, como vaticinase doña Isabel unos años antes, ya que las autoridades municipales no se pusieron de acuerdo para evitar su ruina. Se encontraba, como bien sabemos, en el antiguo caserón de los Bravo de Laguna, en las cercanías de donde en la década de 1960 se levantó el Grupo Escolar Pardo Gayoso.

   Doña María nació en Trijueque en 1879. En el seno de una famiia en la que, como era habitual, no faltaron los maestros, en esta ocasión la maestra era una de sus tías que ejercía la profesión en Navarra, donde nuestra maestra llevó a cabo sus estudios y en cuya capital alcanzó la reválida, para continuarlos posteriormente en Zaragoza. Allí se le expidió el título de Maestra en 1899.

   Su primer destino estuvo en la escuela de Villagordo, en la provincia de Jaén, como interina. De aquí pasó a Irún, El Ciego (La Rioja) y Astesau, desde donde en el mes de abril de 1910 llegó a Atienza.

   Coincidió en el tiempo con uno de los más prestigiosos maestros que tuvo la villa, don Isidoro Almazán, hombre de muchas iniciativas y cofundador a su vez de la primera Mutualidad Escolar conocida en la provincia, y una de las primeras de España, instituida por don Isidoro, doña María y algunos maestros más del partido, en Atienza. A pesar de ello, fue una de las últimas en incorporarse a la Nacional, ya que carecía de Estatutos propios. No obstante, dieron un considerable avance al reconocimiento de la profesión y a que la educación de las mujeres fuese tenida muy en cuenta, tanto en Atienza como en la comarca, logrando que las maestras perdiesen el miedo a enfrentarse con unas autoridades que, por extraño que nos parezca, en muchos casos, como ya con anterioridad decimos, no las facilitaban, como debieran hacerlo, su labor docente.

   Logró doña María que a su clase de niñas acudiesen la mayoría de las chiquillas del pueblo, cifrándose su número en unas setenta alumnas comprendidas entre los seis y los doce años. Logrando que definitivamente se aprobasen los planos para edificar el nuevo edificio de la Escuela de Niñas que se proyectó en tiempos de doña Isabel Muñoz Caravaca y que, a pesar de todo, no abriría sus puertas hasta 1920. El edificio parejo a la que sería escuela de niños en las antiguas casas de los Veladíez. En la prolongación de la calle de Cervantes.



   Doña María dejó la escuela de Atienza al concluir el curso de 1913 para ocuparse de la de Brihuega, de donde pasaría a su  pueblo natal y de este a Guadalajara capital, ya en 1929. Capital en la que concluiría su labor docente tras la Guerra Civil y la consiguiente depuración a que fue sometida, puesto que por sus ideas fue, al igual que otros muchos maestros y maestras de la época, de alguna manera perseguida.

   Como bien nos recuerda su biógrafo, Pablo Morterero, “fue la única mujer de la Junta Directiva de la Asociación de Maestros del partido de Atienza elegida en 1911, así como en la del partido de Brihuega en 1916. En la citada villa de Atienza obtuvo su único Voto de Gracia por parte de la Junta Local de 1ª Enseñanza, en 1912”. Que pareciendo poco, es mucho.

   Doña María se jubiló en 1947. Tras los muchos sinsabores que en ella dejaron los años de dura represión que siguieron a la guerra, en la que perdió a uno de sus hermanos. Falleció en Guadalajara, en 1959.

 
   Su trayectoria vital, con mayor extensión, se puede seguir en: 

sábado, 25 de marzo de 2017

FRANCISCO LAYNA SERRANO. El nombre de Guadalajara

FRANCISCO LAYNA SERRANO
El nombre de Guadalajara

Tomás Gismera Velasco

“Nací en un pueblo llamado Luzón, perteneciente al antiguo señorío de Molina, en la provincia de Guadalajara, y puede decirse que no lo conozco pues teniendo uso de razón solo estuve en él una tarde con el objeto exclusivo de ver en qué clase de lugar vine al mucho, hecho acaecido en la madrugada del 27 de junio de 1893; por cierto, muchas prisas sentí por asomarme a este valle de lágrimas pues nací sietemesino y estuve dos meses entre la vida y la muerte, hasta que cumplido el plazo natural de la existencia intrauterina, la robustez progresiva fue sustituyendo a la endeblez primera”.

Esto lo escribía don Francisco Layna Serrano muchos años después de su nacimiento, cuando el tiempo y la edad, que todo lo curan, le habían llevado a conocer su pueblo natal; se había fortalecido en la cultura y el estudio y, por si fuera poco, era una figura, prácticamente, a nivel nacional. Don Francisco no quería ser médico, como lo fue su padre o su tío Félix, sino historiador, como lo fue su tío Manuel Serrano Sanz. Sin embargo, se licenció en Medicina.

Claro está que primero estudió Ruguilla las primeras letras, pueblo este de sus abuelos y al que su padre se trasladó desde Luzón, hasta pasar al Instituto Brianda de Mendoza de Guadalajara, y de aquí a la Universidad de San Carlos de Madrid, donde se especializó en otorrinolaringología, y en donde fue alumno de prestigiosos hombres de ciencia, como Santiago Ramón y Cajal “quien explicaba la lección mirando al techo, con dicción continuada y monótona”.

Sus constantes achaques de salud le llevaron a visitar a numerosos médicos de Madrid y Navarra, ya que a temprana edad se le detectó una epilepsia de la que se trató en Pamplona: “durante mi adolescencia y juventud sufrí de una docena de crisis epileptiformes que aun siendo sintomáticas correspondía a una predisposición paraxística reflejada en mi carácter impulsivo e inquieto, a mi genio pronto y excitabilidad exagerada”.

No obstante, concluyó con éxito su licenciatura en medicina, aunque nunca llegó a doctorarse: “En cuanto al Doctorado, desde luego no lo estudiaría como alumno oficial pues entre el cuartel por un lado y por el otro mi asistencia al Instituto Rubio me impedirían ir a clase, de suerte que como la matrícula gratuita tenía dos años de validez, me examinaría por libre o lo haría al año siguiente, cuando ya estuviera un poco desenvuelto en la vida; años adelante ese título de doctor solo podía servirme de adorno y como según va transcurriendo el tiempo me atraen menos las alharacas y adornos, he procurado ser docto sin importarme un ardid no ser doctor”.

Con anterioridad a su licenciatura, y de la mano de su padre, ejerció la medicina de manera “clandestina”, en Ruguilla y alrededores, practicando incluso operaciones que llegó a calificar de “estéticas”, como la del famoso “Chato de Abánades”.




Sus primeros años como licenciado en medicina transcurren entre la consulta que abre en Madrid, en la plaza de Santo Domingo, con otras por los pueblos de la Mancha, que recorre principalmente en los meses de verano, o los fines de semana, con objeto de mantener y acrecentar su clientela.

Contrajo un primer matrimonio en Madrid, con Carmen Bueno Paz, natural de Maranchón, y sobrina de la marquesa de Linares, de quien heredarían una pequeña fortuna que posteriormente perderían en inversiones inmobiliarias de poca rentabilidad, si bien y como otorrino comenzó a conseguir cierto renombre en el Madrid de 1920, tanto en el Hospital del Niño Jesús “interino y sin sueldo”, como en otros muchos centros que posteriormente le proporcionarían numerosa clientela.
Sin embargo, su verdadera vocación era la historia, tratando de seguir los pasos de su tío Manuel Serrano Sanz. Junto a él se instruyó en algunas ciencias menores, comenzando posteriormente a adentrarse en el mundo de los archivos tras el desmantelamiento del monasterio de Ovila, alguna de cuyas tierras fue adquirida por su familia tras la desamortización, llegando incluso a adquirir el monasterio en la primera; compra que posteriormente fue anulada.

A su primer libro sobre Ovila sucedería un segundo sobre los conventos en la provincia de Guadalajara, y a este su ya clásico “Castillos de Guadalajara”, y un cuarto que tituló “Arquitectura Románica en la provincia de Guadalajara”, dedicado a su mujer, Carmen Bueno, fallecida unos meses antes de su aparición, el 12 de octubre de 1933, a causa de un accidente de tráfico en las cercanías de Guadalajara. Su tío Manuel había fallecido por las mismas fechas del año anterior, y se le pidió que le sustituyese en el puesto de Cronista Oficial de la Provincia. Cosa que aceptaría en 1934.

Tras la muerte de Carmen llegarían unos meses de inactividad, tras los que retomó su labor investigadora, interrumpida por la Guerra Civil; tras la que editó su famosa “Historia de Guadalajara y sus Mendoza”, “La Historia de la Villa de Atienza” y la “Historia de la Villa Condal de Cifuentes”. Estas fueron sus tres grandes obras, a las que añadiría multitud de pequeñas monografías sobre la práctica totalidad de la provincia; unas veces en largos artículos publicados en revistas especializadas y otras a través de la prensa provincial, en la que llegó a publicar cerca de dos mil artículos sobre variedad de temas, históricos, costumbristas, de opinión o debate.

Su larga trayectoria fue reconocida con multitud de premios y medallas, nacionales y provinciales, siendo igualmente nombrado Hijo Predilecto de la Provincia, Hijo Predilecto de Luzón, Hijo Adoptivo de Atienza y Cifuentes, etc.

Murió en Madrid, el 8 de mayo de 1971, a consecuencia de una afección pulmonar, complicada con otros achaques de corazón, siendo enterrado en el cementerio de Guadalajara al día siguiente, en la misma sepultura en la que descansaba su primera mujer, Carmen Bueno, a pesar de que en la década de 1940 había contraído nuevas nupcias con Teresa Gregori Castelló. Sin embargo, el recuerdo de Carmen siempre lo tuvo presente, pidiendo bajar a la tumba con la alianza de su primer matrimonio, y la medalla que Carmen le regaló el día de su matrimonio, siendo cubierto su féretro por una bandera de Guadalajara que aquella le había bordado al poco de su matrimonio.

Don Francisco Layna Serrano es, sin duda de ninguna clase, el hombre, y el nombre, que define a la provincia de Guadalajara. A la del siglo XX. El nombre a través del cual muchos guadalajareños han llegado al conocimiento de la historia provincial.

domingo, 12 de marzo de 2017

Juan Asenjo Landeras



JUAN ASENJO LANDERAS

Industrial. Alcalde de Atienza.
Atienza (S. XIX)-Atienza, septiembre de 1921

   Fue Alcalde de Atienza entre 1885 y 1887; entre 1904 y 1906, así como entre  1907 y 1909. Durante su mandato se aprobó la construcción y se levantó, abriéndose en el invierno de 1909, el Matadero Municipal.





 
   Fue socio fundador, y presidente en 1890, del Casino de la Unión (antecedente del actual centro social “Casino”), entonces ubicado en las cercanías de la iglesia de San Salvador, en la casa posteriormente adquirida por la familia Medina y sobre la que se edificó el conocido como “Chalet”.

   E igualmente fue padre de la maestra y publicista atencina María Asenjo Infante.

Tomás Gismera Velasco