viernes, 10 de noviembre de 2017

MANUEL PÉREZ VILLAMIL

DE SIGÜENZA: MANUEL PÉREZ VILLAMIL.
A los cien años de su muerte


   El 11 de noviembre de 1917, Manuel Pérez Villamil retornó a Madrid desde Murcia. Había acudido a aquella provincia para tratar de restablecerse en su delicada salud, algo que no consiguió y probablemente sintiendo que se acercaban sus últimos días, quiso retornar. A partir de su vuelta los madrileños, los seguntinos y los guadalajareños conocieron que la vida de don Manuel se apagaba.



   Hijo del abogado seguntino del mismo nombre, y de María del Carmen García Somolinos nació en Sigüenza el 3 de octubre de 1849. En Sigüenza llevó a cabo sus primeros estudios, que continuaría en Guadalajara para pasar más adelante a la Universidad Central de Madrid, donde llevó a cabo estudios superiores, doctorándose en Derecho, así como en Filosofía y Letras, estudios que llevó a cabo entre 1864 y 1870.

   Comenzó su vida laboral como abogado al lado de su padre, representando en algunos  pleitos al diario madrileño “El Siglo Futuro”, al tiempo que comenzaba su vida periodística. Profesión, la de Derecho, que no tardaría en dejar a un lado para dedicarse a la docencia, llegando a ser Catedrático de Teoría e Historia de las Bellas Artes en el Centro de Estudios Católicos de Madrid, al tiempo que opositaba al cuerpo de Bibliotecarios y Archiveros, incorporándose a la institución en 1886.

   Sus primeros pasos periodísticos los llevaría a cabo en esta década, la de 1870, en la revista Hispano Americana “Altar y Trono.

   En junio de 1882 contrajo matrimonio en Madrid con la aristócrata Concepción de Pineda, nieta del marqués de Campo Santo. Anotando que, a partir de entonces, sus amores patrios quedarían divididos entre la provincia de Guadalajara y la de Murcia, investigando y dando a la luz, sobre su tierra de acogida algunas obras de interés en torno a sus pasadas industrias y el trabajo de la mujer, siendo recordado por su defensa del patrimonio histórico-artístico y por la permanencia en aquella capital del famoso “Belén de Salzillo”. Obra que le fue entregada para su custodia logrando, mediante diferentes artimañas, que en lugar de que la colección de figuras terminase en manos particulares, acabase, como lo hizo, siendo de dominio público en la capital murciana.



   Para entonces, para cuando contrajo matrimonio, se había convertido en un destacado periodista. Había comenzado a colaborar con la revista “La Ilustración Católica” que terminaría adquiriendo para convertirse en su director entre el verano de 1879 y los inicios de 1887. Igualmente dejó sus escritos en revistas y diarios como “La Ciencia Cristiana”, “La Lectura Dominical”, “La Crónica”, etc., en muchas ocasiones firmando con seudónimo, o con sus simples iniciales: “M.P.V.”.

   A través de “La Ilustración Católica” se dio a conocer al gran público con artículos en los que el arte y la religiosidad alternaban con otros en los que se mantuvo presente la provincia de Guadalajara, principalmente a través de las comarcas de Sigüenza y Atienza.

   Formó parte de la histórica “Peregrinación Española a Roma”, que tuvo lugar en 1876, ejerciendo en la ocasión como corresponsal para varios periódicos madrileños, y dando a la luz, al término de aquella, un completo relato del viaje, que llevó por título “La Peregrinación Española en Italia”.   Posteriormente compaginará su vida entre la docencia, la Academia de la Historia, el Cuerpo de Archiveros y, por supuesto, la investigación histórica.



Libros para vivir y conocer los museos de Atienza
 Museos de Atienza. Tres Museos, tres historias, tres libros para conocerlos.


   Fue elegido Académico de número de la Real de la Historia en 1906, haciendo efectivo su ingreso con la lectura de su discurso el 12 de mayo de 1907 siendo apadrinado por quien entonces era Cronista Oficial de Guadalajara, don Juan Catalina García López. Uno de sus grandes amigos junto a Francisco Navarro Villoslada, de quien se sentía discípulo y seguidor. Pérez Villamil era ya, desde el 7 de mayo de 1875, académico correspondiente por Sigüenza, de la Historia.

   Hacía muy poco tiempo que Pérez Villamil había publicado una de sus obras más significativas: “Arte e Industrias del Buen Retiro; La Fábrica de la China. El laboratorio de piedras duras y mosaico, obradores de bronces y marfiles”, dada a la imprenta con la colaboración del coleccionista madrileño, político e industrial, entre otras muchas cosas, Francisco de Laiglesia y Auset; libro que obtendría el premio “al talento” de la Real Academia.

   Para la provincia de Guadalajara en general, y para Sigüenza en particular, la gran obra legada para la posteridad sería su historia de la “Catedral de Sigüenza”, contando con las aportaciones del clérigo Román Andrés de la Pastora, y de don Ambrosio Mamblona, quienes serían piedra clave para futuros estudios seguntinos en general y de la catedral en particular.

   No era aquel, el del premio al talento, el primero que recibía Pérez Villamil, puesto que en sus comienzos recibió, el 5 de mayo de 1878, el de la Academia Bibliográfica Mariana de Lérida por su obra “Representación de la Virgen Santísima en el Arte Cristiano”. Y unos años antes, en 1872, el premio de la Ilustración Popular de Valencia, por su romance histórico “La muerte del moro Zafra”, cantando y contando una leyenda en torno a este personaje descubierto en una de sus primeras visitas al Monasterio de Huerta, según propia confesión, en el libro a él dedicado.



   Su vida comenzó a apagarse en 1916, tras el decreto oficial de su jubilación, publicado en el mes de octubre, el día 10, por el que cesaba en su cargo de jefe de tercer grado del cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios por razones de edad y salud.

   Había perdido vista, habla y movilidad, a pesar de que continuaba trabajando en sus informes para la Real Academia. Tenía pendientes algunos estudios de Arte, que publicaría en los inicios de 1917 en algunas revistas especializadas y ofreció su última conferencia en el Ateneo de Madrid el 21 de febrero de aquel año 1917. La conferencia versó sobre la porcelana del Buen Retiro. Su estado de salud no le permitió ofrecerla por sí mismo por lo que, escrita en un sinfín de cuartillas, fue leída por el vizconde de San Enrique, proyectándose numerosas fotografías de la colección del Sr. Laiglesia.

   Fue aquel uno de sus últimos actos públicos ya que la enfermedad se agravó hasta que, al regresó de Murcia, no le permitió salir de casa. Su fallecimiento apenas ocuparía unos renglones en los periódicos, nacionales y provinciales, se produjo el día 11 de diciembre en su domicilio familiar de la calle de  Ferraz número 84, de Madrid.


   Para la posteridad dejó un importante legado en obras de gran calado para la historia patria y guadalajareña. Entre ellas la que, dicho queda, representa, quizá, su obra de mayor calado: “La Catedral de Sigüenza”, que vio la luz en 1899; el primer trabajo que, en profundidad, estudiaba la sede de la mitra seguntina.

      Aparte de estas, fue traductor de algunas otras, del francés e italiano al español, colaborando con las editoriales Bonnet y del Amo, de París y Madrid, respectivamente; quedando como más significativa de estas traducciones la que llevó a cabo sobre “Las Florecitas de San Francisco de Asís”, firmada bajo el seudónimo de “Un hermano de la Orden Tercera”, a la que pertenecía.  Igualmente, continuó la labor emprendida por Juan Catalina García López en la edición de las “Relaciones Topográficas de Guadalajara”, debiéndose a Pérez Villamil el tercer volumen, al tiempo que, fallecido García López, tuvo el encargo de informar a la Real Academia sobre los monumentos provinciales de Guadalajara necesarios de catalogación y conservación, entre ellos el Palacio del Infantado y la Capilla de Luis de Lucena, informes, junto a otros de distinta procedencia publicados en los Boletines de la Real Academia.




   Igualmente fue nombrado, en sustitución del Marqués de Polavieja, vocal de la Comisión Ejecutiva de Excavaciones de Numancia, en 1914; así como de los hallazgos arqueológicos que tuvieron lugar en la localidad de Coria, en la provincia de Cáceres.

   A todo esto se unirán artículos, conferencias, charlas… En su mayoría, al día de hoy, desconocidas. El tiempo las ha borrado de la memoria impresa.

   Al día siguiente de su fallecimiento recibió sepultura en la madrileña Sacramental de San Justo.
   No está de más que, al igual que recordamos a quienes en el mundo de las letras dieron mérito a nuestra provincia sin ser naturales de ella; recordemos, con igual o mayor motivo, a los hijos que, nacidos en ella, también la engrandecieron.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 10 de noviembre 2017

martes, 7 de noviembre de 2017

NOVELAS CON HISTORIA: EUGENIA DE MONTIJO; ELENA SANZ; EL VUELO DEL CUATTRO VIENTOS; EL PALACIO DEL INFANTADO...

 NOVELAS CON HISTORIA: EUGENIA DE MONTIJO; ELENA SANZ; EL VUELO DEL CUATTRO VIENTOS; EL PALACIO DEL INFANTADO...




Hay veces en los que la historia se convierte en una novela… de éxito a través de Amazón

EUGENIA DE MONTIJO. EL IMPERIO ESCARLATA: http://amzn.eu/itHJvW1
(La vida novelada de una mujer que quiso ser monja y se convirtió en la última emperatriz de Francia)

MENDOZA EL TROVADOR: http://amzn.eu/erHN8kA
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CUATRO VIENTOS. EL GLORIOSO VUELO DE BARBERÁN Y CÓLLAR: http://amzn.eu/eiWuR89
(La historia del primer vuelo trasatlántico, directo y sin repostar, entre España y América. Cuarenta horas a bordo de un avión, el éxito y el fracaso)

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(La mujer que pudo reinar. O la reina en la sombra, al lado de Alfonso XII.  Finalista del premio Hispania de Novela Histórica)

viernes, 3 de noviembre de 2017

JORGE DE LA GUARDIA VEGA

MIEDES DE ATIENZA. MEMORIA DE DON JORGE DE LA GUARDIA
Y del teatro; y de don Juan Tenorio.


   Si don Jorge de la Guardia, que fue uno de aquellos personajes que dedicaron parte de su vida a forjar la Serranía de Atienza tal y como hoy la conocemos levantase la cabeza, sin duda que nos corría a sopapos. Porque don Jorge de la Guardia, además de forjador de una parte de la Serranía de Atienza, de ser pintor, dibujante, escritor, periodista, industrial, actor, coleccionista de sellos, médico, y unas cuantas cosas más, tenía un genio bastante arisco que heredaron sus hijos. Sobre todo don Paulino, quien también fue médico; como su padre, por Galve de Sorbe, Albendiego, Miedes, su entorno y, por último, antes de abandonar la provincia, Jadraque. Y no consentiría ver sus pueblos despoblados.

   Don Jorge no nació por estos pagos, lo hizo en Málaga, aunque en estos desarrolló lo más importante de su labor. Por aquí se casó con doña Paulina, una de las hijas del anterior médico de Miedes, don Paulino Izquierdo, y por aquí dejó a toda su descendencia. En tiempos en los que los médicos se casaban con las hijas de los médicos, como las maestras lo hacían con los maestros.

Jorge de la Guardia, caricaturizado por sí mismo


   Llegó en 1890 como médico de Galve, después de concluir en Madrid la carrera, y desde entonces no cesó de hacer cosas. Un día se paseó por la ermita de la Soledad, de Higes, y la decoró con sus pinturas. Unas pinturas que, para desgracia de nuestros tiempos, ya están más que perdidas. Y es que no tardó en mostrar el genio de dibujante, y de pintor, que llevaba dentro. Tanto que fue, como entonces se denominó, colaborador artístico de la mayoría de los semanarios provinciales de su tiempo. Y terminó sus días, en la década de 1920, en Madrid, exponiendo su obra pictórica en el Círculo de Bellas Artes, como integrante del colectivo madrileño de “médicos artistas”.

   Claro que sí. Que también fue uno de los fundadores de una de aquellas revistas “festivas y literarias” que en los últimos años del siglo XIX y comienzos del XX se pasearon por la provincia, la que se tituló, en Atienza, “Atienza Ilustrada”; en Jadraque, “La Alcarria Ilustrada”, y fue, en Brihuega, el germen del Briocense, de la mano, entre otros, de don Eduardo Contreras.

   Cuando don Jorge llegó a Miedes fue recibido con los brazos abiertos. Entre otras cosas porque su suegro, don Paulino, había invertido todo su capital a lo largo del siglo en adquirir gran parte de las propiedades desamortizadas a cofradías, iglesia y fundaciones, para convertirse en uno de los mayores terratenientes de la comarca. Claro está que ya no estaban en la localidad los Beladíez, los Recacha, los Somolinos o los Lozano, que en otros tiempos fueron dueños de mediana hacienda y grandes rebaños de ovejas.


Miedes de Atienza debe mucho de su progreso a don Jorge de la Guardia

   Caballero a carta cabal fue don Jorge; y como el don Guido de Antonio Machado, gran cazador. Y político en la sombra. Tanto que de su mano salieron alcaldes, diputados y senadores. Que por aquí fue la mano de don Alvaro, conde de Romanones, con quien se partió el cobre en aquello de llevarse codornices al cinto. Tanta estima le tenía, don Jorge al conde de Romanones, que por mejor tenerlo presente bautizó con aquel nombre a uno de sus mejores reclamos de perdiz. Un perdigón que, como el conde, estaba cojo.

   También fue de aquellos industriales adelantados a su tiempo que, viendo futuro en aquello de las eléctricas, se asoció con algunos médicos más, y otras gentes de bien vivir para, desde un antiguo molino de papel, luego de harina, dar el salto a la fundación de la compañía “Eléctrica de Santa Teresa”, que repartió luz por todos estos pueblos de la Serranía de Atienza, dominados por la Sierra de Pela o las torres castilleras de Atienza. Eléctrica que, desde 1904 en que se fundó, estuvo dando luz hasta 1962.

   Don Jorge conoció, en 1893, a doña Isabel Muñoz Caravaca, revolucionaria maestra atencina; y a don Eduardo Contreras, hijo del don Bibiano, del mismo apellido, quien desde Jadraque marchó a Atienza a dirigir la oficina de Correos y Telégrafos. A más de la fundación de la revista de marras, la Atienza Ilustrada, los tres dedicaron tiempo a la escritura y a una de las aficiones que por aquellos tiempos entretenía a las gentes de los pueblos: el teatro.

   TRES LIBROS PARA CONOCER ATIENZA A FONDO.

   Don Eduardo Contreras llegó a dirigir alguna que otra obrita, y a representarla, en Jadraque; como lo hizo en Atienza, y de ahí debió de venirle a don Jorge de la Guardia el gusanillo de fundar su propia compañía “lírico-dramática”, a la que en homenaje a quien entonces triunfaba en los escenarios literarios de Madrid, don Eduardo Zamacois, dio en llamar “Compañía Lírico Dramática Zamacois”, cuyo reglamento presentó para la aprobación del señor Gobernador civil de la provincia de Guadalajara en el mes de enero de 1901. Eran tiempos en los que, por estos pueblos, surgían estas y otras manifestaciones culturales. En Somolinos le salió a don Jorge la competencia al fundarse la “Compañía Lírico Dramática, Echegaray”.

   La primera gran representación de la compañía, en un teatrito que el propio don Jorge de la Guardia montó en su casa de la calle de la Fragua fue, claro está, de ahí el título de este recordatorio, Don Juan Tenorio. Obra que ya se asimilaba a estos días en los que se recuerda a los fieles difuntos y a todos los santos.

   La representación que tuvo lugar en Miedes, entonces llamado de Pela, por la su sierra, se llevó a cabo el 2 de noviembre, festividad de los fieles difuntos, en un ambiente que a muchos gustó y a algunos disgustó. Puesto que no estaba muy claro para el pueblo en general si diversión y luto podían caminar de la misma mano.

   La obra de Zorrilla, que había salido al mundo de la escena a mitad del siglo XIX se había representado en dos o tres ocasiones en los escenarios de Guadalajara, capital; y era la primera vez que se hacía en un pueblo de la provincia. Cifuentes sería el tercer escenario en el que la obra encontraría eco, dos o tres años más tarde.

   Por supuesto. La representación de don Juan Tenorio en Miedes de Pela fue todo  un éxito. El papel de don Juan lo interpretó don Jorge, y a doña Inés la encarnó una moza de la localidad, Cándida Gil. Don Jorge se encargó también de la decoración del escenario para el que, se nos dice, pintó un impresionante cementerio.

   Todo lo contrario de lo que sucedió en la presentación de la obra en Guadalajara el 1 de noviembre de 1896, cuando el actor que interpretaba a don Juan se quedó sin voz, se arruinó la función y el público terminó pidiendo la devolución del coste de la entrada.

   Tuvo, don Jorge de la Guardia, la complicidad para el éxito de su compañía de teatro de quien fuese maestro de la localidad don Francisco Barrio, hombre también de ciencia e inquietudes serranas quien tuvo una dramática muerte, de esas que quedan para recuerdo de los tiempos. Don Francisco un buen día, dando clase a sus alumnos, dijo delante de ellos sus últimas palabras: “me muero”, y se murió en mitad de la clase de gramática, a los 39 años de edad.

El Descendimiento de Cristo, en la ermita de Higes, obra de Jorge de la Guardia


   Con la Compañía Lírica Zamacois de Miedes de Pela, don Jorge dio cuerpo a unas cuantas representaciones, y a la gran celebración que Miedes vivió para conmemorar el tercer centenario del Quijote. En Miedes organizó decenas de actos lúdicos, festivos y culturales, impartiendo conferencias literarias con las que acrecentar la cultura de sus vecinos. E incluso acompañó, en aquella aventura literaria que recorrió estas tierras, a don Ramón Menéndez Pidal cuando por el mes de mayo de 1903 se empeñó el sabio en encontrar las huellas del Cid por tierras de Miedes, y de Atienza.

   La Compañía Zamacois llegó viva, en Miedes, con sus actos y representaciones, hasta el año 1911, cuando don Jorge de la Guardia dejó la comarca para trasladarse a Madrid, como médico de la Beneficencia del distrito de la Latina.

   Lo cierto es que, don Juan Tenorio, tras el primer y desastroso estreno, primero del que tenemos noticias, en la Guadalajara de 1896, se representaría, por segunda vez, en Miedes, hoy de Atienza, entonces de Pela.

   Un año después, de nuevo en Guadalajara, y en el Coliseo Luengo, regresó don Juan Tenorio, para triunfar. Esta vez bajo la piel del actor Julio Fuentes, que fue quien en aquella ocasión le dio vida. Pero en Miedes de Pela, o de Atienza, de la mano de don Jorge de la Guardia, ya había triunfado.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria
Guadalajara, 3 de noviembre 2017

martes, 23 de mayo de 2017

CRONISTAS PROVINCIALES DE GUADALAJARA: MANUEL SERRANO SANZ Y FRANCISCO LAYNA SERRANO

CRONISTAS PROVINCIALES DE GUADALAJARA: MANUEL SERRANO SANZ Y FRANCISCO LAYNA SERRANO


Manuel Serrano Sanz y Francisco Layna Serrano ocuparon los puestos 3º y 4º en el orden de los Cronistas provinciales de Guadalajara, nombrados por su Diputación provincial.

   Don Manuel Serrano Sanz, Catedrático de Historia en la Universidad de Zaragoza, perteneció al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, en el que, en Madrid y su Biblioteca Nacional, comenzó su labor investigadora.

Nació en Ruguilla (Guadalajara), el 1 de junio de 1866 y murió en Madrid, el 6 de noviembre de 1932, dejando escritas y publicadas más de cien obras, principalmente sobre historia de América, siendo reconocido como uno de los primeros escritores americanistas.




A su fallecimiento fue nombrado para sucederle en el cargo de Cronista provincial s sobrino, Francisco Layna Serrano, quien habá nacido en Luzón (Guadalajara), el 27 de junio de 1893.

Desempeñó el carg hasta su fallecimiento, el 8 de mayo de 1871, en Madrid, siendo enterrado al día siguiente en Guadalajara.

Se licenció en Otorrinolaringología en Madrid, donde desempeñó su carrera, dejando para la historia de Guadalajara diez volúmenes en los que se condensa su obra histórico-literaria, además de decenas de estudios y trabajos publicados principalmente en prensa.

Es el historiador más reconocido de la provincia de Guadalajara, a lo largo del siglo XX.

Las vidas y obras de ambos cronistas se trazan en estas obras que hacen memoria, y recuerdo, de sus personas, y su talante histórico y literario.

viernes, 5 de mayo de 2017

JUAN BRAVO, ENTRE ATIENZA Y VILLALAR

JUAN BRAVO
Entre Atienza y Villalar




Tomás Gismera Velasco

El libro, pulsando aquí
¡Qué días más duros, los de Villalar!

  Un cielo gris de plomo se cernía la mañana del 24 de abril de 1521 sobre los campos de Castilla, y los de Valladolid, y los de Villalar, y ensombrecía los de Atienza cuando estaba a punto de cumplirse la venganza de quienes vencen una guerra. Porque la victoria en la guerra, sin venganza, no es victoria. Siempre ha sucedido desde que el hombre es hombre y mundo el mundo, y continuará sucediendo hasta que deje de serlo.

   Olía, todavía, a tierra mojada. Aquel día ni la tierra la agradecía ni los campos la pidieron. En ellos, en el embarrado camino de la gloria y la muerte, quedaron los cañones de los perdedores. ¿Cabía mayor razón para imaginar que Dios Nuestro Señor estaba del lado de…?

   La hora era la del final. El comienzo estuvo muy lejos de allí; de aquellos barros que llegaban en Villalar hasta las rodillas y que no impidieron que en su plaza, a gloria de Dios Señor nuestro, se levantase un patíbulo, con prisas y ejemplar. Para que Castilla, y los castellanos alborotadores, supiesen que en Castilla, desde hacía no mucho, pero en Castilla, gobernaban esas gentes cuyos nombres tan espinoso resultaba repetir puesto que llegaban de allende las fronteras. De tierras que, por estar tan a desmano, nunca se pudo imaginar la gente de Soria, de Berlanga, de Sigüenza o de Atienza, que uno de los suyos fuese a ser aquel 24 de abril, el primero en perder la cabeza.


El Castillo de Atienza. Lugar de Nacimiento de Juan Bravo


   La estampa del impresionante castillo de Atienza. La Torre de los Infantes, lo había visto nacer, si es que, salvada sea la licencia, las piedras y las torres y los horizontes que se pierden más allá de lo que alcanzan nuestros ojos, pueden ver.

   Allí, entre los muros de la fortaleza de Atienza nació Juan Bravo de Mendoza poco después de que su padre llegase acompañando al alcaide del castillo, su hermano Garci. ¡Qué historia, y qué sucesos los de aquellos tiempos en los que se batallaba por un palmo más de tierra para gloria real, y del apellido!

   Los Bravo de Laguna procedían de tierras de Soria, pasaron a Sigüenza y en Sigüenza recibieron la orden de la conquista del castillo de Atienza, que lo hicieron, a escala. Conquistaron el castillo, sin sangre, dice la historia, para la reina Isabel. Su Alteza los nombró a perpetuidad alcaides de la fortaleza en un tiempo en el que la vida y la muerte rodaban sin la pesadez de la rueda de un carretón atascado en el barro…


La rendición de los Comuneros. Manuel Pícolo


   En la Torre de los Infantes del castillo de Atienza, cuando Atienza era parte importante del reino y dominaban sus torres una parte de la vieja Castilla, por Soria; y otra de la nueva castellanía, por Guadalajara. Corría el año de 1484 u 83… Su padre, don Gonzalo, heredó de su hermano, don García, la alcaidía del castillo, que no pudo regir. Don García murió, como héroe, en la rota de Gibraltaro, sus restos, en procesión dolente, llegaron a Atienza mucho tiempo después, para reposar a la eternidad. En 1494: “Aquí yacen los restos del muy alto y noble caballero…” rezaba su lauda sepulcral en el convento de San Francisco; junto a los de su yerno, Diego López de Medrano, y su mujer, y sus hijas…

   Los de su hermano, el nuevo alcaide, tomaron el camino de Berlanga, su origen: “Aquí yacen los restos del muy noble caballero don Gonzalo Bravo de Laguna, alcaide que fue de Atienza, y que murió en Córdoba, en el mes de agosto…”  Reza su lauda en la Colegiata de Berlanga.

   La muerte del padre daba la alcaidía del castillo al heredero, Juan Bravo de Mendoza. Demasiado joven para ostentar un cargo de tamaña responsabilidad. La reina, en pago de servicios, acogió en su corte a toda la familia; a los Medrano, a los Bravo de Laguna; a Juan, a Catalina, a Magdalena, a Gonzalo…

   Y a la viuda de don Gonzalo la volvieron a casar y tomó el camino de Burgos en pos del malnacido García Sarmiento. Sin olvidar que en Atienza dejaban casas, tierras y salinas.


Antonio Gisbert. La ejecución de los Comuneros

   La vida, que es como el río que discurre plácido en tiempo de bonanza, y alborotado cuando los deshielos de las cumbres colman sus cauces, llevó a Juan Bravo a servir a su católica alteza; y a contraer un primer matrimonio con Catalina del Río, y un segundo con María Coronel. Una y otra, de la burguesía segoviana que empapó su sangre con la de las culturas que aquella tierra pisaron, judíos, moros y cristianos. Cuando de Gante llegó un nuevo rey que impuso sus leyes, y a sus hombres. Y aquellos segundones de casas nobles quedaban relegados al olvido y fundaron la “confederación de caballeros comuneros”, que los llevó a pedir a la reina cautiva, Juana I de Castilla que, por Castilla, que por ellos también, tomase las riendas del reino. Y la reina Juana, a quien el mundo consideró loca, respetando la voluntad del hijo se negó a  tomarlas.

   Se alzaron las ciudades al grito de los comuneros: ¡Por Santiago!, y de sus tres capitanes más señalados, Padilla, Maldonado y nuestro don Juan Bravo de Mendoza, y llegaron a Villalar el 23 de abril que, sin pretenderlo, se convirtió en historia. En medio de la lluvia. La batalla contada tantas veces.

Iglesia de San Félix de Muñoveros (Segovia), donde se cree se encuentran los restos de Juan Bravo


   A la mañana siguiente, delante de la nobleza y el pueblo, para ejemplo de propios y extraños, los tres capitanes perdedores fueron decapitados. Sus cuerpos sepultados; sus cabezas expuestas en la picota; como si fuesen ladrones al uso…

   Y continúa aquella historia que abría nuestro relato:

   El recuerdo último de lo ocurrido se me va al momento en que Gonzalo tocó a las puertas y me quiero imaginar que en la casa todos entendieron que algo grave pasó. Traía los ojos encendidos, la frente sudorosa a pesar de que no apretase la calor; pegado el polvo a las barbas. El jubón con sangre seca y el caballo rendido por el cansancio de una o dos jornadas de galope sin apenas tenerse. Mi señora, con la cara sombría de quien aguarda noticias que se resisten. Gonzalo, hincado de rodillas.

   -Todo es perdido señora…

   En aquél todo es perdido, se tenía que entender que perdido era el movimiento que llevó al alzamiento en busca de no perder unos derechos que trataban de arrancar quienes de fuera llegaban a imponer leyes y costumbres a los castellanos viejos como vos lo erais, desde la primera hasta la última gota de sangre. Pero había más en aquella expresión de dolor, tras ella se encontraba la muerte.

   -Mi señor don Juan, señora…

   Con el alma en un suspiró lo miró, temiendo escuchar lo que vendría. Vuestro hermano, Gonzalo, el licenciado Bravo, gacha la cabeza, asintiendo a la evidencia que dicta el corazón.

   Prisa se dieron en degollaros. Confirmándonos que los vencedores cuando vencen no buscan justicia, sino venganza; cuando quienes os alzasteis contra la injusticia no buscabais la gracia del invasor, sino el respeto a los derechos y fueros. Parece que me suenan las palabras que dejasteis al marchar, tratando de dar cuenta de lo que os hacía organizar la confederación de caballeros:

   -… promover y conservar la libertad y sostener con todas las fuerzas los derechos del pueblo contra los desafueros, y socorrer a los hombres menesterosos…

   Nunca admití, mientras corríamos Castilla, que nos llamasen traidores. Porque vuestros apellidos los míos son, los Bravo, los Laguna, los Medrano, los Velasco, los Mendoza o Monteagudo, los que fueron antes que nos, defendiendo la causa castellana desde más allá de Soria y sus doce linajes de los que siempre fuimos. Gonzalo contó vuestra valentía. Ese mirar al verdugo de frente. 

Villalar. Obelisco en memoria de los Comuneros


   Me suena todavía la sentencia: y en pena los condenaban e condenaron a pena de muerte natural e a la confiscación de sus bienes y oficios para la cámara de sus majestades, como traidores…  Traidores, cuando fuisteis luchadores. Los bienes para la cámara de su majestad… El obispo de Oviedo se apresuró a pedir su parte, y el Condestable la suya…

   Mi señora movió a Segovia para que allá te nos llevasen, y los segovianos de corazón se movieron a traeros y sacar los huesos del Villalar en el que estaban, junto a Padilla y Maldonado, y te nos trajeron a Segovia. A los hombros por las calles os entraron y todos os seguimos y fue de ver cómo las gentes salieron a las calles, en silencio, tras el cortejo camino de la Santa Cruz en la Fuencisla, hasta que de nuevo el arrogante ganador mandó sacarte de allí a seguir camino a Muñoveros. Allá quedaron tus huesos,  a la puerta de la iglesia, que luego de darte tierra en suelo sacro nos salieron a decir que no correspondía el lugar por no morir cristiano. A vos, que os quitaron la vida por defender a los buenos cristianos de esta tierra. Aquél día, vísperas de muerte, sacudía la lluvia y se atascaba la artillería en el barro, y ese día, el que te dábamos sepultura a las puertas de la iglesia de Muñoveros, la lluvia os despedía y nos cubría cual si los cielos llorasen el desconsuelo de la falta.

   Por algún lugar de esa Segovia que salió a recibiros como a héroe para llevaros a la tumba, y os acompañó a Villalar en pro de la victoria, debió de esconderse aquel Alonso Ruiz que os prendió y llevó al Condestable como botín de guerra reclamando la parte que por teneros le correspondió. Dicen que el Alonso se quedó el sayón de terciopelo negro, y el coselete, y dicen que el verdugo, antes de quitaros la vida, reclamó lo que quedaba, que falta no os iba a hacer al otro mundo. Despojando, como despojaban a Castilla. 

Segovia. Monumento a Juan Bravo ante la iglesia de San Martín


   Hoy, viendo partir al rey emperador camino de enterrarse en vida, vuelvo a sentiros. Ha templado la mañana y, en el recuerdo, queda aquella jornada en la que perdimos la esperanza y ganamos la fuerza por mantenernos en la lucha, aún desbaratada la tropa en el campo de batalla que se tragó, entre el barro, la sangre de quienes batallaron hasta lo último de sus fuerzas. Abonando con su sangre el roble que ve crecer Castilla. El roble de cuyas ramas han de flamear los pendones de quienes batallaron y que, lejos de morir, más vivos son que nunca. Vuestra muerte dio la vida a Castilla.

   Hoy os recuerdo, como tantos otros días en los que noté vuestra ausencia. Preguntándome qué fue de aquella Castilla que se rompió con el final de la batalla; qué fue de aquella Atienza de vuestra nacencia; qué de las tierras de Soria y Guadalajara que os vieron niño... Mi señor…, vuestro pendón, ese pendón que encabezó a los hombres y os guió al Villalar de la muerte, está más vivo que nunca en la memoria. Hoy, vuestros pendones son los de Castilla. Y allá me hubieseis visto cuando el rey que os mandó a la muerte, camino de Yuste para enterrarse en vida, salía de Valladolid camino de Valdestillas y Medina, mostrándole nuestras divisas; las de los Bravo, los Laguna, los Medrano, los Velasco, los Mendoza o Monteagudo. Alguien se fijó en ellas.

Portada del libro: Juan Bravo entre Atienza y Villalar
   -Son las armas del capitán Juan Bravo –escuché.

   -Mi señor fue –le repliqué.

   Y tanto como a las de la Majestad del rey emperador las encumbraron.
  
   Seguro que, cuando a Atienza llegó la noticia de su muerte, alguien derramó, al menos, una lágrima.

Juan Bravo de Mendoza, o de Laguna, nació en Atienza (Guadalajara), hacía 1483, hijo de Gonzalo Bravo de Laguna y de María de Mendoza y Zúñiga.
Se casó en Segovia, por vez primera en 1504 con Catalina del Río, con la que tuvo tres hijos, Gonzalo, Luis y María.
Muerta Catalina contrajo un segundo matrimonio con María Coronel, sobrina de Catalina, en 1519, con quien tuvo dos hijos más, Juan y Andrea.
Fue uno de los principales capitanes de las tropas comuneras alzadas contra Carlos I, por lo que fue condenado a muerte en Villalar (Valladolid) el 24 de abril de 1521, y a perder todos sus bienes.
Su hermano, Gonzalo Bravo de Lagunas, “el Licenciado Bravo”, nacido en Atienza en 1484 u 85, juzgado como “alcalde de las comunidades”, fue igualmente condenado a perder todos sus bienes.

Del Libro: “Juan Bravo. Entre Atienza y Villalar”.

martes, 18 de abril de 2017

JUAN BRAVO. ENTRE ATIENZA Y VILLALAR

 JUAN BRAVO. ENTRE ATIENZA Y VILLALAR
Juan Bravo de Mendoza es una de las figuras principales de la revuelta comunera que movilizó a Castilla entre 1520 y 1521. 

Su muerte, en el cadalso de Villalar, hoy de los Comuneros, como capitán de las gentes de Segovia, le hizo pasar a la posteridad, sin embargo, como escribiese uno de los historiadores segovianos que trató de ensalzar su memoria “La figura de este célebre segoviano es tan saliente en la Historia del alzamiento de las Comunidades, como desconocidos e ignorados los detalles principales de su vida. Sábese de él únicamente que fue de noble alcurnia… “ 

Pero Juan Bravo de Mendoza no había nacido en Segovia, sino en una de las entonces más representativas villas de la Castilla histórica, Atienza, hoy provincia de Guadalajara. 





Juan Bravo de Mendoza, o de Laguna, nació en Atienza (Guadalajara), hacía 1483, hijo de Gonzalo Bravo de Laguna y de María de Mendoza y Zúñiga.

Se casó en Segovia, por vez primera en 1504 con Catalina del Río, con la que tuvo tres hijos, Gonzalo, Luis y María.

Muerta Catalina contrajo un segundo matrimonio con María Coronel, sobrina de Catalina, en 1519, con quien tuvo dos hijos más, Juan y Andrea.

Fue uno de los principales capitanes de las tropas comuneras alzadas contra Carlos I, por lo que fue condenado a muerte en Villalar (Valladolid) el 24 de abril de 1521, y a perder todos sus bienes.

Su hermano, Gonzalo Bravo de Lagunas, “el Licenciado Bravo”, nacido en Atienza en 1484 u 85, juzgado como “alcalde de las comunidades”, fue igualmente condenado a perder todos sus bienes.

Juan Bravo, entre Atienza y Villlar, en "Henares al Día". Gentes de Guadalajara: http://henaresaldia.com/juan-bravo-atienza-villalar/

lunes, 17 de abril de 2017

AQUILINA MARÍA MORTERERO FELIPE




AQUILINA MARÍA MORTERERO FELIPE,
MAESTRA DE ATIENZA


Tomás Gismera Velasco

   No lo tenían fácil las maestras de la Serranía de Atienza en los años finales del siglo XIX y los comienzos del XX para dar educación alas jóvenes de nuestros pueblos; enseñarles las cuatro reglas y, por supuesto, a leer y escribir. Eran tiempos en los que la idea fija de nuestros mayores, por encima de convencionalismos sociales estaba  en que la mujer no tenía mucha necesidad de aprender. La mujer, por encima de todas aquellas cosas que a los hombres les parecían un mundo, estaban destinadas a la casa. Las mujeres tenían muchas cosas que aprender, desde luego, pero no de los libros. Tenían que aprender a coser, a atender al marido, a los hijos y, por supuesto, a guisar.

   Muchas de aquellas maestras que recorrieron los pueblos, no sólo de la Serranía de Atienza, sino de la mayoría de los pueblos de España, tuvieron que enfrentarse a una sociedad que se les ponía en contra. A las autoridades locales y, por qué no decirlo, a los padres de sus alumnas.

   Llevar a las mujeres a la escuela en poblaciones pequeñas fue un logro de muchas de las mujeres con coraje que pisaron nuestros pueblos. En Atienza de los Juglares ya hemos podido leer alguna de las historias que dejaron escritas las maestras de Cantalojas, Romanillos, Bochones, Miedes o Casillas, y si por encima de otras muchas hemos destacado la figura de Isabel Muñoz Caravaca, porque fue quizá quien más alboroto dejó  por esas tierras a costa de sus escritos, no podemos olvidar a algunas otras, entre ellas a doña Aquilina María Morterero Felipe, una de sus sucesoras.



   Doña María, como fue conocida en el mundo docente, llegó a Atienza para ocuparse de la escuela de niñas en 1910. De una escuela que a lo largo de los tres años que permaneció en Atienza, de donde salió en 1913, estuvo errante de local en local ya que la de niñas, a la que venía destinada, acababa de hundirse, como vaticinase doña Isabel unos años antes, ya que las autoridades municipales no se pusieron de acuerdo para evitar su ruina. Se encontraba, como bien sabemos, en el antiguo caserón de los Bravo de Laguna, en las cercanías de donde en la década de 1960 se levantó el Grupo Escolar Pardo Gayoso.

   Doña María nació en Trijueque en 1879. En el seno de una famiia en la que, como era habitual, no faltaron los maestros, en esta ocasión la maestra era una de sus tías que ejercía la profesión en Navarra, donde nuestra maestra llevó a cabo sus estudios y en cuya capital alcanzó la reválida, para continuarlos posteriormente en Zaragoza. Allí se le expidió el título de Maestra en 1899.

   Su primer destino estuvo en la escuela de Villagordo, en la provincia de Jaén, como interina. De aquí pasó a Irún, El Ciego (La Rioja) y Astesau, desde donde en el mes de abril de 1910 llegó a Atienza.

   Coincidió en el tiempo con uno de los más prestigiosos maestros que tuvo la villa, don Isidoro Almazán, hombre de muchas iniciativas y cofundador a su vez de la primera Mutualidad Escolar conocida en la provincia, y una de las primeras de España, instituida por don Isidoro, doña María y algunos maestros más del partido, en Atienza. A pesar de ello, fue una de las últimas en incorporarse a la Nacional, ya que carecía de Estatutos propios. No obstante, dieron un considerable avance al reconocimiento de la profesión y a que la educación de las mujeres fuese tenida muy en cuenta, tanto en Atienza como en la comarca, logrando que las maestras perdiesen el miedo a enfrentarse con unas autoridades que, por extraño que nos parezca, en muchos casos, como ya con anterioridad decimos, no las facilitaban, como debieran hacerlo, su labor docente.

   Logró doña María que a su clase de niñas acudiesen la mayoría de las chiquillas del pueblo, cifrándose su número en unas setenta alumnas comprendidas entre los seis y los doce años. Logrando que definitivamente se aprobasen los planos para edificar el nuevo edificio de la Escuela de Niñas que se proyectó en tiempos de doña Isabel Muñoz Caravaca y que, a pesar de todo, no abriría sus puertas hasta 1920. El edificio parejo a la que sería escuela de niños en las antiguas casas de los Veladíez. En la prolongación de la calle de Cervantes.



   Doña María dejó la escuela de Atienza al concluir el curso de 1913 para ocuparse de la de Brihuega, de donde pasaría a su  pueblo natal y de este a Guadalajara capital, ya en 1929. Capital en la que concluiría su labor docente tras la Guerra Civil y la consiguiente depuración a que fue sometida, puesto que por sus ideas fue, al igual que otros muchos maestros y maestras de la época, de alguna manera perseguida.

   Como bien nos recuerda su biógrafo, Pablo Morterero, “fue la única mujer de la Junta Directiva de la Asociación de Maestros del partido de Atienza elegida en 1911, así como en la del partido de Brihuega en 1916. En la citada villa de Atienza obtuvo su único Voto de Gracia por parte de la Junta Local de 1ª Enseñanza, en 1912”. Que pareciendo poco, es mucho.

   Doña María se jubiló en 1947. Tras los muchos sinsabores que en ella dejaron los años de dura represión que siguieron a la guerra, en la que perdió a uno de sus hermanos. Falleció en Guadalajara, en 1959.

 
   Su trayectoria vital, con mayor extensión, se puede seguir en: